El arte de caminar

Nota de prensa, El Informador

2016-04-20

No hay nada más aberrante que conocer la ciudad desde la ventana de un autobús

GUADALAJARA, JALISCO (17/ABR/2016).- El escritor Luigi Amara visitó la ciudad para presentar una charla dentro del Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana. Con el título de “La deriva o la política de los pies”, el también editor invitó a reflexionar sobre el oficio de paseante, un paso más allá del caminante habitual. La invitación, claro, es igualmente para recorrer las calles de otra manera, no sólo sobre las cuatro ruedas de un automóvil. A propósito de su propuesta, charló sobre la figura de los paseantes, la movilidad y caminar en otras ciudades distintas a la propia.

LUIGI AMARA: “Hay una cultura grande, un poco contraria a la locomoción bípeda: aunque no se diga así, en general la estructura y la lógica de las ciudades tiene que ver con la velocidad, con el flujo del capital. Se ha relegado al cuerpo, en todo sentido: como peatón, también como paseante. No sé aquí en Guadalajara cómo sea, pero en la Ciudad de México la banqueta desaparece de repente: se va angostando, de pronto es un hilo de cemento y desaparece. Es una declaración material del desprecio al andante. Hemos llegado al punto extrañísimo en el que no se necesita salir a marchar para manifestarse; el caminar mismo parece un acto de resistencia en una cultura tan automotriz”.

-Eso pasa en zonas no necesariamente marginales: en Guadalajara pasa en colonias donde no hay peatones, en las que todos se mueven en carro. ¿Qué hay de la poética de caminar, la palabra misma implica otras cosas?

-Es uno de los factores que más me importan: hay distinción entre peatón y paseante. Todos somos peatones, de algún modo, incluso el automovilista: hay un punto en el que tiene que caminar del coche a su casa. Peatón en el sentido de que se desplaza con sus pies por la urbe. El sentido más radical de caminar sería el del paseante: utilizar la calle, el espacio público no sólo como un lugar de tránsito, sino como un lugar de descubrimiento, de apropiación, de goce estético.

Obvio, tiene un lado político: en el sentido de recuperar y darle sentido a los lugares por donde te mueves. Cuando uno sale de viaje a una ciudad desconocida muchas veces basta salir a caminar para que haya una experiencia interesante. Parecería que ya nada interesante puede salir al paso en nuestra propia ciudad o en el barrio. La idea del paseo, de ir a la deriva, del paseo a contracorriente de los imperativos prácticos (caminar por ir al trabajo o ir a la tienda), caminar porque sí hace que el propio entorno vuelva a cobrar peso, identidad, fuerza, que sea atractivo. Ya no sólo es interesante caminar porque sí en París, sino en el barrio mismo: volver a sorprendernos, desconcertarnos del lugar en el que nos movemos. Es una reivindicación de la vida diaria: la vida cotidiana no es sólo un espacio gris por el que circulamos para ir a las ocupaciones. Es también un lugar para el disfrute, para la exploración.

-Caminar da la oportunidad de rodear, de tomar rutas alternas que no es posible en el transporte público o en coche.

-Sin duda. Lo que pienso es que si sólo tenemos la posibilidad en ese sentido estético al viajar, implica que eso es una excepción, que es ocasional. Lo importante es incorporar esa experiencia a la vida diaria, a lo cotidiano. Si no es un lujo. ¿De qué manera podemos hacerlo? Buscando nuevas rutas, caminar a otra velocidad. Algo que me gusta hacer es… bueno, yo padezco los trámites burocráticos, me molestan de manera atroz, y una cosa que hago para reconciliarme con los lugares ir a visitar una oficina burocrática, pero sin tener que hacer ningún trámite: sólo para ver qué hay, cómo funciona. Uno está ahí por un objetivo, ¿qué pasa si no hay objetivo y lo visitamos como un lugar? La relación con los lugares se transforma. Cuando el paseante no quiere llegar a ningún lado, todo el entorno se modifica.

-Es como la idea del destino de Ítaca, donde importa más el trayecto que la meta misma.

-Eso, pero a nivel doméstico, urbano.

-Existe el galicismo “flâneur”, ¿lo tomarías como un sinónimo?

-Hay muchas variedades de caminata. La del flâneur era muy particular, que respondía a las condiciones históricas y espaciales de París en la época, con los pasajes. Había lugares a la mitad entre la intemperie y la casa, lugares techados. Todo eso permitió la figura del flâneur, y algo de eso vale la pena rescatar. Tal vez en nuestras ciudades uno no puede ser un flâneur en el sentido estricto: la calle está llena de riesgos. Te puede atropellar un coche, te pueden asaltar. Pero cierta idea del flâneur sigue vigente. La idea de Baudelaire: salir y fundirse con la multitud, tenía un poco el objetivo de que un artista que está desconectado del flujo cotidiano rompa con eso. Parte de ser escritor es ser caminante, estar en medio, escuchar qué se dice, percibir el curso, el ajetreo. Destacaría que la figura del flâneur fue importante, pero está la figura del paseante atípico inglés, la deriva situacionista. Hay muchas variedades de caminante, el desafío es desarrollar una acorde a las condiciones de tu propio espacio y momento: ¿de qué manera vamos a caminar hoy en Guadalajara? Es algo que hay que descubrir, hay que inventar de qué forma caminaremos.

-En tu caso que vienes de la Ciudad de México, ¿cómo caminas Guadalajara? U otras ciudades que no sean tu lugar de origen.

-Lo difícil es que cuando uno no está en su propia ciudad inevitablemente caminamos como turistas. Es difícil, se requiere bastante tiempo para dejar esa mirada turística. Guadalajara me gusta en parte porque siento que es muy caminable. Tal vez es una percepción de alguien que viene de fuera. Cuando estoy aquí camino mucho, me gusta. Estamos en un momento bastante caluroso, también.

Aún cuando uno se quite el papel del turista en una ciudad desconocida es importante saber que no se conoce una ciudad hasta que uno la atraviesa con los pies. No hay mayor aberración que el autobús turístico que te muestra las cosas. Bastaría ver la postal; que te manden una foto digital del lugar. Es casi lo mismo que verlo por la ventana del camión. Hay que recorrerlo, hay que perderse físicamente por la ciudad, para sentir su variedad, su dimensión. Corremos el riesgo del automovilista: que la ciudad se convierte en una fachada, no ves nada de lo que hay detrás, se va en el coche, aislado. No debe ser el modelo que rige el orden en las calles.

-Es una de las causas de la contingencia ambiental...

-Sí, estamos fumigados.
 
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